A veces el cambio no tiene éxito en la sociedad

Innovar por innovar no vale. Tiene condiciones.

Hace poco hablamos de la necesidad de innovación en los servicios de la empresa. Aplicar I+D requiere creatividad e investigación, pero también depende de otros factores.

Normalmente, bien aplicada, la innovación supone una ventaja para nuestros consumidores, dado que les proporcionamos un valor añadido, una mejora en su experiencia con nuestra empresa, nuestros productos o servicios. No obstante, a veces, esa innovación no es reconocida por el cliente, bien porque no la necesita, bien porque  no es el momento adecuado de aplicarla.

A eso se junta los condicionantes que puedan surgir por parte de la dirección de la empresa. I+D significa inversión y en muchas ocasiones no todos están de acuerdo en desviar dinero hacia esa partida.

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Decíamos más arriba de I+D bien aplicada. ¿Qué significa bien aplicada? Significa innovación planificada, estudiada, evaluando las oportunidades y beneficios que puede suponer mejorar hacia un determinado campo en pro de la actividad empresarial que realizamos.

Existen dos tipos de planificación: el japonés y el occidental. No entraremos en el japonés, puesto que no nos afecta, y vamos directamente al occidental.  En Europa, consideramos el cambio como algo que rompe con el pasado, la novedad, la sorpresa.

Sólo es innovador lo que “rompe”. La innovación que mejora lo existente no tiene ese carácter “rompedor” sino simplemente es una evolución de lo ya existente. Y lo ya existente no es innovador.

Cuando el cambio provoca asombro y sorpresa, ese SÍ interesa. Sea más o menos interesante o aplicable para la sociedad, nos gusta la innovación cuando significa algo nuevo. Se trata de una sorpresa intensa en la novedad, pero breve en la duración. Pasada la novedad, conviene conseguir con ella resultados a corto plazo.